Solo el pueblo nicaragüense puede decirnos la verdad Bananas en Nicaragua Disminuir tamaño del textoAumentar tamaño del texto POR ALBERTO SOTILLO Lunes, 24-11-08 Nicaragua fue tierra de promisión para quienes no querían perder la esperanza en el poder redentor de la revolución, en el hombre nuevo y la insurrección de los ofendidos de la tierra. Aquel asalto sandinista ya se veía que no estaba muy en sus cabales cuando le tomó tan tremenda afición al tiroteo y poco respeto a las instituciones. Pero ni los pronósticos más sombríos adivinaron que el sueño redentor se convertiría en semejante farsa. Porque hay que llamar a las cosas por su nombre, y decir que el paleosandinista Daniel Ortega va camino de convertirse en otro esperpento, digno heredero de iluminados, tiranos y feriantes bananeros que han masacrado a Iberoamérica. Ha transformado en títeres a los jueces, ha perseguido a la Prensa y ha copado el Consejo Supremo Electoral con sus paniaguados para atornillarse en el poder. Y para legitimarse en más inapelables instancias, ha experimentado una mística transformación del alma en la que oficia como suprema sacerdotisa su mujer, Rosario Murillo, con sus piadosos floripondios para adorno de celebraciones políticas y su mágica Mano de Fátima en lo alto de la Casa Presidencial para alejar malos espíritus. Su ascensión a los cielos, sin embargo, no le impide ensañarse con el poeta, sacerdote y viejo sandinista, Ernesto Cardenal. Sobre todo después de que éste asistiese a la investidura del nuevo presidente de Paraguay, Fernando Lugo, a la que no pudo acudir Ortega en vista de la protesta suscitada por feministas de ese país que creían un escándalo que se invitase a un personaje acusado de cometer sórdidos abusos sexuales con su hijastra Zoilamérica desde que ésta apenas contaba trece años. Ortega, desde su altar político, se ha enfrentado con la mayoría de las viejas figuras del sandinismo histórico. En una reciente visita a Madrid, el escritor y antiguo vicepresidente sandinista, Sergio Ramírez, pedía a la izquierda que dejara de contemplar a Nicaragua con los ojos del mito, anunciaba pucherazo en las elecciones y recordaba que la tragedia de aquella revolución, la tragedia de esa Iberoamérica mágica y bananera es su soberbio desprecio de las prosaicas instituciones.